La obra de arte: capacidad para asombrar

—Por Santos Barrientos.

La armonía del arte no responde, necesariamente como se piensa, en lo que vemos como una fuente de inspiración —sin olvidar, por supuesto, que se necesita en veces—, sino que la armonía se muestra en la realidad que se percibe dentro de la lengua escrita. Es decir, a la actividad espiritual creativa que emerge de cada emoción o concepción del mundo que nos rodea.

            Una obra de arte no se mide por cuántas páginas contenga sino por la capacidad de asombro y estética que muestra a sus lectores, quienes al fin de cuentas son los verdaderos críticos de la experiencia artística.

            La función artística revela el ser del ser mismo. Es decir, la emoción a la hora de escribir, que no es una emoción cualquiera sino aquella que constituye la invención y la imaginación cuando de escribir se trata. Esto responde a un encuentro consigo mismo, al ser una respuesta con la soledad y el silencio o con alguna música clásica o viendo al horizonte las flores que emergen como pétalo del cielo, ¿quién sabrá? El arte, por ser así, se explica a sí mismo. Puede explicarlo una palabra, un verso, un poema, una idea que se vuelve nada.

            Por ejemplo: la vez anterior escuchaba la Novena sinfonía de Beethoven mientras daba sorbos de café y escribía un poema sin nombre, bueno, apenas llevaba un verso porque me emocioné tanto escuchando a Beethoven que preferí escuchar detenidamente. La capacidad de asombro de la buena música es innegable, unión de paz y amor. El asombro proviene de la intensidad y la emoción que produzca la obra de arte o por el sonido que calla al silencio y se penetra en la mente, volviéndolo una realidad cósmica.

            Pero una obra de arte, en el sentido general, es unión íntima, refleja el mundo inventivo e imaginativo —no olvidando que la invención se escinde con la imaginación—, recrea los fantasmas o, como pensaba Aldrich: «Lo que el artista hace no es tanto crear el objeto artístico, sino revelarlo…». Muchas veces, esa obra sustituye la realidad per se que subyace, que se correlaciona con la realidad imaginativa para sustituir el presente; o porque no se es parte de un presente que ignora la imaginación.

            La respuesta al mundo moderno, dueño de la fragilidad social, es a través de la exaltación humanística que, por ser así, refleja la realidad presente en los rostros olvidados o sumergidos en la irreflexión y la irrealidad producto de la era del Smartphone. Nuestra capacidad de asombro no proviene de la irrealidad, sino de la disciplina y la responsabilidad moral de lo que se escribe, es de esa cuenta donde surgen las grandes obras.

            No podemos pensar en un mundo que se acostumbra, cada vez más y con asombro, a las nuevas formas de “pasar el tiempo” o juguetear con la certeza de lo que no existe. Porque, de ser así, la actividad inventiva se vería envuelta en la concepción del hombre como objeto de su historia y no aquel quien la escribe para vivirla a través de imágenes: espejos del tiempo.

            El mundo nos rodea, un espacio y tiempo que se escinden para recordar que estamos hechos de presentes; pequeños futuros que ondean en los andenes, en las catedrales, en los sueños y esperanzas, pero en todo eso hay algo armonioso: la obra artística es asombro cuando la mostramos como incalculable y la sentimos a pesar de buscar la comprensión racional. Pero se siente, emerge de cada sonido, de cada nombre pronunciado, de cada pintura… La obra de arte es como tal para buscarnos a nosotros con el otro o para ocultarnos entre las paredes de un mundo que desconocemos.

            Entonces, la obra de arte como tal es asombro, pero también es armonía, silencio, espíritu, voces del inconsciente, consistencia rítmica, expresión de la inteligencia imaginativa que revela al sujeto y reproduce el mundo interno, subjetivista, para mostrar la realidad articulada de profundidad y misterio.

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