343 aniversario USAC Discurso Murphy Paiz, Rector

 ↓Este año conmemoramos el 343 aniversario de fundación de la Universidad de San Carlos de Guatemala, una de las instituciones educativas surgidas durante la Colonia y que permanece vigente hasta nuestros días, no obstante los muchos problemas internos y externos que ha tenido que enfrentar como universidad pública.

La Historia registra los acontecimientos que nuestra Alma Mater ha presenciado y en los cuales ha intervenido en su larga vida académica. Como institución de educación superior y bajo el mandato constitucional de participar en la solución de los problemas nacionales, la USAC ha tenido que enfrentar ataques de fuerzas que adversan su mandato constitucional, y muchos de sus dirigentes han padecido exilio, persecución y muerte. Estos periodos obscuros y desoladores en la vida universitaria le han servido a nuestra institución para erigirse como un bastión donde priva la razón crítica y la ciencia para encarar, analizar y ofrecer soluciones a los diferentes problemas que padece el país.

Uno de los fines de esta institución de educación superior es el de ser la conciencia crítica de la Nación, analizando de manera imparcial y objetiva los diferentes problemas estructurales y coyunturales que nos afectan y ofreciendo soluciones viables a los mismos. Nadie ignora que padecemos problemas que fueron heredados durante siglos de explotación e ignominia, los cuales laceran la conciencia nacional y nos mantienen marginados de los índices de desarrollo que experimentan muchos países del orbe. Estos problemas han sido ocasionados por las condiciones de explotación de la mayoría empobrecida por una clase minoritaria que desde los tiempos coloniales ejerce el poder bajo posiciones que, aunque aparentemente antagónicas, cuando se trata de defender sus intereses, se unifican y se estrechan sus filas para lograr intereses materiales elitistas de espurio nacionalismo. En tiempos de la Colonia y a lo largo del siglo XIX, hasta el primer cuarto del siglo XX, estas facciones aparentemente antagónicas se denominaban liberales y conservadores. Hoy se han convertido en facciones que conservan la ideología de aquellos y mantienen capturado al Estado en sus perniciosas garras, cooptando todo el tinglado político por donde respira la democracia.

Si bien es cierto que la Universidad de San Carlos tiene presencia en muchísimos espacios de representación en organismos del Estado, también es cierto que su voz se ha visto muchas veces acallada por estos sectores, los cuales se abrogan el derecho de dirigir los destinos del país como si fueran los de su propia finca. Y son estos sectores quienes han propiciado acciones hostiles en contra de nuestra Alma Mater, pretendiendo ahogarla en sus problemas económicos para manipularla y sujetarla a sus intereses. Por fortuna, aún existe suficiente corazón y cerebro para enarbolar la bandera de la dignidad y luchar por un ejercicio político y académico que refleje el sentir y las necesidades de la mayoría de la población, esa Guatemala profunda que es invisible para los ojos de la clase poderosa del país.

Grosso modo, pueden mencionarse los siguientes datos que llaman a una profunda reflexión y demandan del Estado guatemalteco acciones concretas y urgentes: somos un país con una alta tasa de posibilidades de muerte al nacer y con apenas 73.9 años de esperanza de vida. Es una vergüenza nacional que de cada 100 niños que nacen, 26 estén condenados a una muerte prematura. Las causas son por todos conocidas; entre las más recurrentes, altos índices de desnutrición de la madre y de los recién nacidos, condiciones de extrema insalubridad, un sistema de salud totalmente colapsado y un nivel galopante de empobrecimiento que está marginando a la sociedad a vivir en condiciones de pobreza y pobreza extrema, los cuales alcanzan las cifras de 59.30 y 23.40 por ciento, respectivamente.

Somos el país de Centroamérica con la más vigorosa población económicamente activa. Sin embargo, existe una tasa de desempleo que se ha duplicado en los últimos 15 años, según un informe reciente de la Organización Internacional de Trabajo. Durante el periodo 2000-2015 los asalariados fueron el 44.9%, en tanto que los empleados por cuenta propia representaron el 30.7% y los trabajadores familiares auxiliares llegaron a 21.4%.  La encuesta del INE de 2015 revela que, a nivel nacional, el porcentaje de quienes trabajan en la informalidad llegó al 69.3%. Tres años después, esos números se mantienen. Y nadie ignora que el sector informal carece de un mínimo sistema de seguridad social.

Para colmo de males, el régimen de seguridad y estabilidad laboral es muy precario. Por ejemplo, en cuanto a seguridad social, el 75.6% de los hombres ocupados no están asegurados en el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social, mientras que las mujeres alcanzan el 73.7%. Esto significa que una inmensa mayoría de la población debe recurrir al sistema de salud pública, quien no logra satisfacer la gran demanda.

Pero al clima de problemas estructurales no resueltos se suman los problemas surgidos en la actual coyuntura, cuyo origen descansa, en muchos aspectos, en la forma de manejar el Estado, atendiendo a los intereses de una élite económica en detrimento de las grandes necesidades que padece la mayoría ciudadana. Esta visión en el manejo del Estado ha generado una perniciosa práctica política que se reduce al control elitista de los diferentes tinglados del poder público, incluidos el poder judicial, el legislativo y el ejecutivo. Y así, se ponen en práctica finas e intrincadas estrategias de control para garantizar la supervivencia económica de grupos particulares por medio del Estado. En este sentido, lo político está totalmente sujeto al poder económico de la élite que dicta las directrices generales de cómo manejar los intereses del Estado.

En la actualidad, Guatemala vive una crisis política que empezó en el 2015 y que aún no termina. El sector empresarial está dividido a causa del usufructo del Plan para la Prosperidad del Triángulo Norte de Centroamérica, pugna que se ha traducido en la bipolaridad pro y anti-Cicig en su versión pro y anti-corrupción. Esta bipolaridad ha dividido a buena parte de la sociedad politizada. Y este es un problema que debe solucionarse a la brevedad mediante una salida negociada en que las partes abandonen ya la táctica de golpe y contragolpe, pues, por este medio, el desgaste institucional que sufre el Estado y sus instituciones, así como la sociedad civil, es enorme e innecesario.

No es de extrañar que actualmente, en una aparente contradicción, existan dos grandes sectores de la misma élite económica disputándose el control de los poderes públicos cuyas decisiones afectan a toda la ciudadanía. Estos grupos económicos han montado un andamiaje de actores y sectores sociales con un aparente perfil democrático pero cuyo objetivo es el control elitista de los asuntos económicos y administrativos del Estado, igual a como lo hacían los liberales y los conservadores, de los cuales estas facciones actuales son herederas.

Frente a estas importantes variables de la problemática nacional, la Universidad de San Carlos de Guatemala está llamada a mantener una postura equidistante, reflexiva y crítica, y a no tomar partido en esta pugna, pues la misma responde a intereses sectoriales que se han desplegado hacia la sociedad civil, la cual está respondiendo a esta bipolaridad, misma que habrá de solucionarse tarde o temprano porque se trata de una división entre el mismo sector empresarial. El deber de nuestra casa de estudios, como conciencia crítica del país, es exigir a las partes una finalización negociada de su pugna, a fin de que las fuerzas políticas que protagonizarán las elecciones de este año fluyan libremente, sin responder a esta perniciosa bipolaridad.

La problemática del país es demasiado grave como para tomar partido por estas dos polaridades. Analicemos esa gravedad para darnos cuenta de que el problema principal que tenemos no es la corrupción pública, sino su causa: la corrupción de un sistema económico mercantilista y colapsado, como lo prueba el hecho de que el país vive no de lo que produce el llamado “sector productivo”, sino de las remesas que envían nuestros heroicos emigrantes.

En el plano internacional está librándose una lucha geopolítica feroz que decidirá el camino que tome la acumulación de capital en el resto del siglo XXI, y no se sabe aún si el Plan para la Prosperidad se afianzará como política económica oficial de esta región, o si por el contrario, se impondrá el plan de desarrollo económico del sur de México y del Triángulo Norte de Centroamérica, propuesto por el gobierno mexicano. Sobre ese punto, debemos esperar para tomar posición y ofrecer propuestas. Pero, por el momento, el llamado de la USAC a la élite económica es el de acabar con su pugna, y a la sociedad civil, exigir lo mismo y no servir de eco a ella. La crisis puede tener una pronta salida si la sociedad civil propone partir las aguas en favor de una política que pugne por la democratización del capital y del Estado, por encima de esta bipolaridad dañina.

En sintonía con el análisis que se está realizando, la problemática del país tiene tres aristas diferentes y entrelazadas: lo político, lo económico y lo social; por ello, la formación de profesionales ya no es suficiente, también debe haber una formación ciudadana crítica por medio de la educación pública. Debemos comprender que antes que profesionales somos ciudadanos con derechos y obligaciones, y que la soberanía recae en nosotros y no en los gobernantes de turno.  Nuestra visión del mundo y de la vida debe trascender lo académico, no abandonarlo pero sí trascenderlo. Al hacerlo, podremos tener claras nuestras posiciones para hacer no solo propuestas de soluciones y mejoras sino enfocar nuestras profesiones hacia hacer realidad esas propuestas.

Nuestra Alma Mater está llamada a asumirse como la reserva moral que, sin banderas políticas sectoriales, analice los problemas estructurales y coyunturales del país y proponga soluciones viables y concretas a los mismos. Este es el espacio de participación que debe asumir la Universidad de San Carlos desde el seno de sus facultades, escuelas, centros regionales, centros de investigación y de extensión universitaria.

En este sentido, hago un llamado a las autoridades de cada unidad académica para que, desde el ámbito de su propia naturaleza de conocimiento y estudio, aborden la problemática estructural y coyuntural del país y ofrezcan alternativas de solución. Debemos agitar la ciencia y la conciencia en favor de una vigorosa presencia de nuestra Alma Mater en la discusión, análisis y propuesta de solución de todos los problemas del país. Sólo así habremos cumplido con el hermoso lema que nos identifica. El de “Id y enseñad a todos”.

También es insoslayable una mirada hacia dentro de nuestra institución. De cara al siglo XXI, cuyos primeros años hemos empezado a transitar, los universitarios debemos reflexionar profundamente en lo que hemos hecho bien, en lo que hemos hecho mal y en lo que hemos dejado de hacer. En este sentido, debemos pensar la universidad del futuro, ese futuro que en muchos aspectos ya nos alcanzó y nos ha tomado desprevenidos.

Existen problemas de singular importancia que debemos enfrentar para colocarnos en el concierto de las universidades más desarrolladas de Latinoamérica. Para ello es necesario repensar el modelo educativo que estamos ejecutando en todas las unidades académicas e introducir aquellos cambios necesarios para formar profesionales con conciencia social y excelencia académica en ciencia y la tecnología.

Nuestra época, a diferencia de las anteriores, cuenta con realidades que antes no estaban: la tecnología ha avanzado mucho en los últimos 10 años y eso, en parte, ha hecho que los ciudadanos estemos más conscientes de los problemas que nos aquejan; nunca tanto como ahora estamos constantemente informados de los acontecimientos, no solo locales sino a nivel mundial, aunque también somos víctimas de ideologías perniciosas como la de la “posverdad” y sus “falsas noticias” desinformadoras. Todo esto influye en nuestro pensamiento y en nuestras decisiones, generando a veces la sensación de un futuro incierto que no terminamos de comprender; y eso nos angustia y nos obliga a veces a tomar decisiones que suelen no ser las apropiadas. Ante esto, la academia no puede permanecer inerme y debe luchar al compás de estos tiempos para reconocer lo trascendente e importante que es para que en las aulas y en el trabajo universitario se formen ciudadanos conscientes de cómo hacerle frente a ese incierto futuro y no sólo profesionistas de oficio.

Toda la familia universitaria debe estar decidida a, desde el lugar que le corresponda, asumir el compromiso de que las propuestas que hagamos lleguen a ser realidad y, sobre todo, a dar seguimiento a nuestras acciones y medir constantemente los resultados para ver si vamos o no en el camino correcto. Sólo así podremos hacer oportunamente las correcciones necesarias a nuestra labor con objetividad y decisión.

Dicho esto, no me resta sino congratularnos por el hecho de que nuestra Alma Mater llegue a su aniversario 434 siendo la mejor universidad del país, y aspirando a ser mejor cada día que pasa.

Muchas gracias.

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